miércoles, 16 de mayo de 2012

"TRANQUILO... YO LO CONOCÍ"




Había una vez un hombre grande y fuerte que vivía desde hacía muchos años en la montaña de Marmas, en Montero, un pueblito legendario que nadie conoce. 


Años atrás, cuando acompañaba a mi padre en sus viajes por la sierra, llevaba conmigo una vieja cámara digital. Las fotos que tomaba no eran bonitas. Fotografiaba lo que me parecía curioso: un letrero despintado, un perro muerto, los desagües colapsados, una mariposa, dos niños vendiendo pan. 

Una mañana en que llegamos a Ayabaca para presenciar una de las peregrinaciones más grandes de nuestro país, no me sentí digno para fotografíar a gente debilísima y desarrapada que había caminado tanto y con tanta fe. Sentí pena y resignación porque el mundo de mis diez años se caía a pedazos en imágenes de rostros enfermizos, en desperdicios por todos lados, en mi padre insatisfecho por sus negocios, en mi madre lejos y en una lejana chica linda de mi escuela, cuyos padres me atendían como hijo en su casa a la hora de la cena y me dejaban conversar con ella hasta morirme de amor. 

En esa época (yo con mis doce años y mi chica linda con quince) había decidido acompañar a mi padre al sitio que fuera para poder desenamorarme, conocer el mundo perdido que mi abuela relataba, reconocer los lugares que mi abuelo visitó y tratar de plasmar alguna fotografía que llame la atención de mis amigos. Pero cuando vi esas caras raras, todo se vino abajo, no porque nunca las había visto, sino porque todas eran iguales: quemadas por el sol, con ojeras pronunciadas, con los labios partidos por el polvo y el frío, con los cabellos grasos y alborotados. Estuve tan mal, que por la noche, mientras tomábamos el café con sandwich de lechón en el cafetín Flor de Milán, sentí terror al ver demasiado peregrino durmiendo en la plaza de armas y en casi todas las veredas; en el parquecito de entrada de la catedral, alrededor de una pileta sin agua, y en algunas casas con salones grandes para acogerlos y venderles caldo de gallina, estofado de res y tasas de manzanilla o té. 

Cuando salimos del cafétín, a las once de la noche, solamente se oían ronquidos lejanos, vagos ladridos, palabras de buenas noches, el llanto de algún bebé y el monótono sonido de un silencio violentado por el respiro de cientos de personas acurrucadas entre sí, como pollitos de pocos días. Mi padre, que acababa de darme una larga explicación sobre sus negocios frustrados, notó mi impaciencia y me preguntó qué ocurría. Le iba a contar mi desgracia, pero me interrumpió una risa socarrona y tajante que liquidó con su vibración voráz toda la tranquilidad de los peregrinos adormilados. Conocía esa voz ronca, de gran fumador. Oscilaba en alguna parte de mi infancia, entre las visitas de gente importante en el despacho de papá o entre las reuniones familiares que organizaba mi madre. Al acercarnos noté que no estaba solo, sino acompañado de dos más, con sendos cigarrillos en la boca y una botella de cañazo en el suelo. Por lo demás, no tomé importancia a la conversación. 



  Sin embargo, casi al despedirse, este hombre con su vozarrón de toro viejo le contó rápidamente a mi padre la triste historia de un eremita grande y fuerte que vivía más de veinte años en un bosque perdido y bello, en Montero, y que según fuentes confidenciales aún vive allí en su casucha de guayaquil y quincha y en grata comunión con los venados de ficción, los zorros pelados, las víboras de veneno mortal, la cucarachas gigantes, las palomas negras y las luciérnagas de luz azul. En un primer momento no quise creer, pues no aprecié nada triste al cuento, ni las palabras del roncudo destilaban pena, y me parecía absurdo que un hombre viva de esa manera. Mi padre, crédulo de leyendas sin nombre, me calmó los ánimos de la manera más original que pudo: sacó un cigarrillo y lo apretó en la comisura de mis labios resecos...


 
-Tranquilo, se llama Lucas… –prendió fuego al cigarrillo y me dio una palmada en el cachete- yo lo conocí.

miércoles, 11 de enero de 2012

LA FIESTA QUE NO RECUERDO Y SULMI, LA PERFECTA

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Fue entonces cuando al despertar sentí un dolor en el pecho, ardencia en la garganta, y pude ver varios moretones en mis brazos con la luz que entraba por la ventana. Respiré profundo y traté de no dejarme llevar por el delirio del alcohol que aún me dominaba; acomodé las manos bajo mi cabeza, carraspeé, cerré mis ojos para tratar de recordar qué había sucedido ocho horas antes, pero inevitablemente me dormí sin reacción durante cinco o seis horas más.

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Las calles del pueblo todavía estaban con el rescoldo de las fiestas de fin de año. En un estampido de adormecimiento por el baile, el alcohol y la emoción, no se atenuaba el trabajo diario de los matarifes, los vendedores de leña, los panaderos, los bodegueros y los campesinos y peones que madrugaban para cuidar el ganado, cosechar el guineo, el cacao, el café o la yuca.

En las calles, heridas por el mal trabajo de obras municipales, surgían charcos de lodo y agua por las lluvias diarias. Las veredas estaban mojadas y llenísimas de huellas de barro, manchas de insectos reventados al pisar, y se percibía el olor de cerveza de las botellas tiradas por los caminantes ebrios. La mayoría de las paredes de las casas tenían pintas alusivas a la navidad, al nuevo año; algunas aún tenían las propagandas políticas y largos rayones que los alumnos traviesos hacían con carbón, monedas y tizas de colores.

Recuerdo haber dejado una botella de champagne en el banco de una tienda, y ahí estaba. Me sorprendí al ver que seguía por la mitad, como la dejé, pues tan mariado y cansado estuve que me eché en el banco hasta quedarme dormido, pero la llovizna y la neblina de las cinco de la mañana me despertaron. A rastras por las paredes llegué a la puerta de mi casa y no recuerdo nada más, salvo que sentía el orín tibio por mis muslos cuando trataba de llegar al baño.

Me reía solo, en plena calle, mientras saludaba y deseaba a la gente un próspero año, buena salud y mucho dinero. Entré al restorán Mis Sabores y me senté en una mesa donde no me vieran quienes por afuera pasaban. Tenía el temor de haber cometido cosas insanas, faltas de respeto y bromas toscas en mi borrachera. Dejando las cojeturas de lado, pedí un lomo saltado y una cerveza para aplacar el hambre y la resaca. De repente sonó mi celular: era Sulmi.
***

Conocí a Sulmi en la primaria, cuando teniamos nueve años. Era una niña rechoncha, sin gracia, chata y con muchas pecas en los cachetes. Vivía en un caserío del pueblo, y siempre que entraba al aula manchaba el piso con los pasos de sus botas embarradas. Los viernes, último día de clases, almorzaba con sus papás en el mismo restorán donde comía con mi abuelito. Nos mirábamos curiosos, sin cariño, como si compitieramos o nos tuviesemos envidia. Los domingos, día en que la santa misa duraba hasta tres horas, Sulmi paseaba con sus primas por las únicas dos calles del pueblo: montaban mulas finas ensilladas de lo mejor, como los hacendados antiguos; vestían jeanes y blusas de princesa adornadas con perlitas de colores; comían helados y mascaban chicle a cada rato, como conejitas inquietas. Nosotros los niños que las admirábamos desde abajo, jugando a las bolinchas o a la pelota, tratábamos de disimular nuestro disgusto, no porque comían helados, sino porque nos sentíamos apocados y tontos, pues pensábamos, y queríamos pensar, que ellas eran reinas de belleza, deseadas señoritas hijas de grandes ganaderos, niñas imposibles que por muy altaneras que sean jamás en nuestra vida nos dirían sí, quiero ser tu novia.

En las fiestas de ese fin de año, Sulmi y yo nos reencontramos, después de no vernos por más de ocho años. Al principio no la reconocí, ni pensé en mi vida que aquella señorita de ojos altivos, nariz fina, piel blanca, labios carnosos, que tenía una sonrisa como las modelos de la televisión, que tenía sus manos tan hermosas que preferí no mirarlas, que tenía todo bonito, en realidad, porque tanto la observé que llegué a la conclusión de que era perfecta.