Estaba feliz. Cuando toqué la puerta de su casucha de quincha levantada al soporte de columnas de guayaquil y techo de calamina, sólo escuché un eco vago, monónoto. Toqué nuevamente la puerta de latón empolvado cuyas bisagras cedieron a la fuerza de mi puño y se derrumbó con un golpe seco, se desprendieron algunos carrizos de la quincha y con el polvo y el ruído un gato blanco salió atolondrado por el encierro de más de quince días. En el interior de la casucha se observaba un catre oxidado, sobre el cual había un colchón de paja, sábanas de lana y retazos de algodón; una silla de roble con remiendos de madera de monte en el respaldar; una mesa grande de fresno cuyas patas apolilladas estaban tan desgastadas por los años y los cambios de lugar que se mesía de un lado a otro cuando el viento entraba por los resquicios de la quincha, y una cocina de querosene y utensilios de acero sumergidos en una olla llena de agua por las goteras. Estaba feliz porque era el primero de mi generación que entraría a ese cuchitril legendario donde hacía más de cien años había nacido el primer alcalde, se habían citado autoridades para firmar veredictos de muerte y donde además se habían refugiado amantes furtivos en noches de feria. Al entrar vi chapitas de cerveza estampadas en la tierra y percibí un olor de cañazo, colonia desparramada y polvo de reclusión y de olvido, mientras el fulgor de la luz que se metía por los huecos de las calaminas, el sudor en las franjas de mi frente y ladridos lejanos punzaban mi memoria y me movían al arrepentimiento. Pero estaba feliz con la boca abierta pensando en si tal vez estuviera acompañado para que me crean cuando cuente que sí, yo encontré la casucha de Enemisto y vi las estampitas de vírgenes y santos clavadas en el barro de la quincha, que vi el gato blanco perdiéndose en los cacaos de la chacra, que de verdad vi colgada la imagen del Señor Cautivo esculpida en palo santo, vi las rajas del suelo de cuyas aberturas habían crecido plantitas espontáneas y enredaderas larguísimas que llegaban hasta la puerta y salían mirando al cielo por el techo de calamina y allí exponían sus flores amarillentas mirando al sol, como los girasoles, y que justo allí se mezclaban con la hojarasca de los faiques torcidos por el peso de sus ramas sin podar.
Seguramente nadie me creería. Fue una noche en que jugaba con mis amigos a las cartas cuando saltó el tema de la casucha de Enemisto. Decían que sería imposible llegar hasta ella a no ser que se llevase sierras eléctricas para la tala de los árboles inmensos, mulas con provisiones para dos días de caminata, escopetas para combatir el acecho de las fieras y una comitiva de no menos de diez aventureros machos y dispuestos con todo tipo de defensa rápida, porque no era por curiosidad sino por un simple juego con la muerte que se iría hasta allá; cruzando cañaverales y maizales casi infinitos vigilados por perros de cacería, cruzando a nado temerario quebradas encantadas por la bravura de su caudal, y que yo crucé sin ningún temor, eso sí, siempre con el puñal de mi abuelo listo al ataque y un machete colombiano encachado con cola de res. De modo que ya no se veía nada bajo la sombra densa de higuerones, guayaquiles altos y verdes, naranjos infértiles, paltos secos y ceibos gigantes en cuyas ramas construían sus nidos en unión natural las palomas, lechuzas, pájaros sin nombre y hasta los insectos que moraban en arboledas nunca vistas ni pensadas salvo en los bocetos didácticos de los exploradores, que yo admiré con tanta fe que por fin en ese instante pude creer las historias que mi abuela relataba sobre cazadores de venados, monjes eremitas y hombres orates por la desgracia del amor. Era tan vasta y espesa esa selva sombría que yo no supe cómo entré en ella; ni entendía mi arrojo, ni sabía el origen de mi felicidad porque me sentía prisionero, cándido y oscilante, mientras tarareaba sanjuanitos y pasillos, recordaba momentos de mi infancia y hasta conversaba con compañeros imaginarios sólo para quitarme el miedo de morirme perdido, pero aún así seguía con el tormento de mi frenesí andando casi a tientas, escuchando el canto de los olleros, las chucacas cenizas, los negros finos con pico de cuervo, y tratando de reponerme a la zozobra de mis emociones que pensé estar encantado por el cerro y por el alma de Enemisto. Y de repente fui más feliz ya no por la casucha mitológica sino porque vislumbré una salida luminosa después de cambiar las canciones en avemarías y rezos murmurados de paporreta a la memoria de mi madre. Entonces caminé indeciso, torpe, aguantando la respiración a filo de machete y a cada tranco largo sobre las shangas, bejucos, caracoles, los lirios blancos y los hongos de colores que se aferraban a mis botas como si tuvieran vida propia y me salvaran del picotazo de serpientes, hormigas y tarántulas letales, sin saber que en mi alforja llevaba infusiones de hierbas medicinales contra toda bestia salvaje que cause la muerte.
De manera que llegué a una loma extensa desde la cual observaba el pueblo y sus primeras luces de la noche, en una típica conjunción con el ri ri ri de luciérnagas intermitentes entre las ramas de los eucaliptos. Oí el zumbido de abejas perdidas, el repique triple de las campanas en anuncio de la santa misa, el balar de las vacas en las invernas sin pasto, la copla vespertina de los gallos roilos prestos en las guayaberas y el canto triste de los gallos de pelea en sus jaulas, oí la voz chillona de la emisora de los telegramas, oí el torrente de la quebrada turbia por las primeras lluvias del invierno, y entonces oí el solemne silbido del chilalo cuando me senté en un tronco seco para reposar y vi las siluetas de los cerros por primera vez en mi vida, vi cómo se perdía el sol y cómo su luz traspasaba las nubes en el horizonte donde todavía era más temprano que de donde yo estaba con mi alforja llena de menjunjes para los encantamientos, chancaca para el cansancio y agua florida para los malos aires. Húmedo por el sudor y los vapores de la montaña, me creía héroe porque era el primero en aquella loma, el primero que vio desde lejos el humo de las cocinas en las casas de los caseríos, el que vio desfiladeros y peñas majestuosas; sin embargo, al mirar atrás me sentí derrotado, indescifrable y turulato, pues tenía ante mí al provervial terruño de Enemisto, mítico en nuestra generación, legendario para los ancianos e indescriptible para los libros y nebuloso y azulejo por el atardecer y desolado por su muerte. Por un momento cerré los ojos y me sentí cansado. Me arrimé a un faique, incliné mi cabeza sobre mi alforja y admiré el cielo infinitamente acompañado en su eternidad por una bandada de golondrinas abatiendo la luna llena. Y dormí feliz.
Piura, lunes 12 de marzo de 2011