domingo, 30 de octubre de 2011

Angélica (Relato de dos minutos)

Ya han pasado tres meses desde que la vi por última vez: estaba sentada en una banca de la universidad, bajo la sombra de los algarrobos, distraída de todos los que pasaban por su lado; y a la una de la tarde y sola. Vestía sandalias de gitana, un jean azul rajado a la altura de las rodillas, una blusa rosada con figuritas de colores en el pecho, un collet rojo, un par de aretes de estilo incaico y sus eternos y grandes audífonos negros susurrando la misma música que hacía dos años le había recomendado, cuando la conocí.

A esa hora la llamé para invitarle un café en cualquier cafetín, o una pizza en cualquier pizzería, o una hamburguesa que cualquier gordo feo y grasoso venda en cualquier lugar. La cosa era caminar y conversar, pero no aceptó. Casi siempre teníamos buenas charlas: lo último de la música occidental, la muerte de Gadafi, las novedades literarias o la formación de nuestra única, utópica, famosa y espectacular banda de rock. Ella tocaría la batería, un par de amigos las guitarras, su papá el bajo y yo sería el vocalista y compositor. A pesar de que nunca se concretaba nuestra idea de la banda, siempre le hacía oír canciones, álbumes y discografías enteras para que las disfrute un fin de semana, y ella me respondía que algún día, algún día, y claro, yo asentía, mientras leía un libro de Gay Talese, aquel célebre periodista norteamericano que escribió un buen reportaje sobre Sinatra y otros hombrecitos de su época.

Ella leyó el título del libro y comentó que sería famosa, como uno de ellos, así de grandes, no sólo por su música, sino también por los relatos que escribiría, y que sus libros se venderían por todo el mundo. La miraba contento, con afán de seguirle la corriente, pues sabía que no era cierto; quizá terminaría viviendo con un gringo o un francés en alguna ciudad playera, como Máncora, y que tendría un negocio rentable, tal vez una heladería o un restorán. Pero esta suposición no va al caso.

Yo seguí con la universidad, alegre y enamoradizo. Con mis demás amigos íbamos a comer ceviche, a jugar fulbito, a tomar cerveza, y casi nadie la recordaba. No sé si aún siga bonita, de labios acaramelados y nariz pecosa; nunca utilizaba maquillaje, razón por la cual a mi me encantaba; sus ojos negrísimos me sacudían cuando me miraba de golpe; y su pelo, su pelo fenomenal no necesitaba baño ni peinado, siempre perfumado y sueltísimo. Sin embargo, desapareció un martes caluroso a la una de tarde, yo qué sé.

Decía llamarse Angélica.

sábado, 22 de octubre de 2011

XXI

En los días en que no estaba enamorado, el pobre poeta viajaba buscando la comprensión femenina entre los algarrobos de Piura y bajo la sombra de aquellos faiques en la sierra de Ayabaca. Era mi amigo. Cuando murió, no sé porqué pero algún motivo recóndito motivó en mí la búsqueda de una carta que siempre mencionaba, y de la cual sentía nostalgia por el candor de su tristeza y por la pasión de su pluma. La hallé. En ella aprecié la sequedad de lágrimas remotas impregnadas en el papel, y sentí por primera vez una profunda pena. En ella reconocí la mansedumbre y la barbarie de un hombre apasionado, y por segunda vez vi la resignación de trazos ebrios. Nunca podré responder a sus musas la causa primaria de su muerte. No es por incomprensión. Ni tampoco por aburrimiento de la vida, sin embargo puedo conjeturar que en la sima de su pensamiento quería conocer a Dios.

Dos días antes del velorio, la señora Córdova tuvo el presentimiento inequívoco de madre impaciente. Pude notar a simple vista el desdén de su padre, que también pretendió en su juventud exaltar con poemas la creación divina. Fue el velatorio más insípido de los muchos que asistí, pero nunca olvidaré que el reloj marcaba las diez con veinte minutos, que las mujeres bellas caían sin aliento en el desahogo de su llanto dolorido, que muchos pájaros se quedaron pasmados y estáticos en el aire por la bulla de los cielos, cuando mi amigo el poeta se levantó del ataúd, y comenzó a dar pasos lentos con la funebritud del formol, y rezó, y reía, y cantaba con la elegancia de su mortaja bajo la orquesta de los ángeles atolondrados.

Aquella tarde celestial salimos a caminar. Le pregunté qué es lo que realmente ocurrió, y dijo las mismas palabras que hoy cuelgan en el epitafio de su tumba:

- El Paraíso estaba muy aburrido.