domingo, 18 de septiembre de 2011

LUCAS

El nacimiento de Lucas fue bíblico. Cuenta su madre, Clorinda, que mientras leía la Biblia estaba segura de que algún día de su vejez tendría un hijo como lo tuvo Sara, la mujer de Abraham. El niño no sería ni feo ni bello, ni siquiera se apreciaría en su cuerpo el candor femenino o masculino.

Cuando lo conocí (sentado en la banca de un parque: frescura de lluvia, bosquejo de palomas y pájaros ignotos, humo de chimeneas, letras de Chabuca Granda y canciones de Bob Dylan…) pude darme cuenta de la fastuosidad divina que marcaba sus facciones. Lucas no era sujeto de análisis, no se advertía en él el prodigio de una mujer o el simplismo de un varón. Yo sólo quise, en ese momento (lunes por la tarde; julio y jaquecas de invierno), disfrutar una de sus palabras, gozar el metafísico rubor de su aliento, enamorarme perdidamente de su mirada, querer para siempre la melodía de su voz, interpretar el delirio de su filosofía, dibujar su sombra junto con la mía, en fin, tratar de cogerle la mano por que había leído en el periódico que Lucas era Dios.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Background en el bar ( Primer Demo)

I

-Ya es hora de irse, señor- le dijo la mesera.

Claudio Velázquez llegó al bar de Violeta con la camisa manchada de sangre, los zapatos mojados de cerveza, el pelo lleno de pelusas de faique y un par de billetes de diez. Pero no llegó ebrio. Al entrar tropezó con el entablado de pino a punto de explotar por el arraigo de viejos arbustos, miró el reloj (marcaba las ocho y cinco de la noche), resondró a la madre de cualquiera y se sentó en la primera mesa que tuvo a la vista.

-Una cerveza.

II

Dos semenas antes, cuando Claudio aún no llegaba a Montero, su madre pasaba mas de doce horas en la cocina, no porque no tenía otra cosa que hacer, sino porque había encontrado desde niña el hábito fatal del orden doméstico, la manía sorda de barrer y trapear a cada momento, el presagio descorazonador del hijo pródigo y la tonta sensación de llorar por los malos recuerdos. En cuestiones prácticas, era una viuda infeliz con un hijo perdido en su mala reputación.

La cocina, sin embargo, daba la impresión de que en ella se preparaban platos exquisitos y no ralas comiditas de ermitaño, y que la mujer que cocinaba era bellísima con las manos impecables y no una anciana llorona de ojos preocupados. Quizá cuando Claudio era niño su madre era linda y alta y risueña como todas la mamás de las películas mexicanas que su hijo veía con el abuelo, y además tenía cabellos y ojos azabache, nariz perfilada, labios finos de reina de modas, cuello largo como las actrices yanquis, perfume de rosas y una voz dulce con dientes blanquísimos.

Después de la muerte del abuelo y el abandono del hombre de su vida (dicen que se fue a la guerra), la madre entró en un estado de desdén y abandono por su vida que, ya lejana su figura de mujer esbelta y refinada, poco a poco fue convirtiéndose en una señora paranoica que tenía pesadillas y decía ver al diablo. Su cabellera azabache comenzó a teñirse de canas, su rostro pálido empezó a marcarse con patas de gallo y arrugas inclementes, sus manos perdieron juventud y se mancharon con la leche del plátano y el cacao, y sus ojos, de tanto llorar, se hicieron tristes. Fue entonces cuando tomó la costumbre de rezar el rosario todas las noches antes de tener pesadillas y gritar por su marido. Sus amigas de infancia la visitaban para tomar el té, pero no era lo mismo, pues se pasaba las horas hablando del futuro de su hijo, de su casa, de sus joyas y de las pendejadas de su esposo.

-Casimira, ¿Por qué no vas a conversar con el cura?