I
Lentamente los dos hombres caminaron por el pasillo. Uno quería encontrar a su madre. El otro buscó un librito de Cortázar y el tocadiscos y el baño. Pensó en el jazz; quizá en Charlie Parker; en Lover man. Mientras el uno conversaba con su madre y le decía te quiero, mami, te quiero mucho, el otro pensó en el saxo y el sexo de su novia y quiso mirar la pasión psicoanalítica que el uno suponía con la madre. El otro, lento, intelectualoide, cogió el saxo (sopló mentalmente), pero no miró más el sexo de su novia porque su novia no gustaba del jazz y el jazz, en ese lugar tan largo y amancebado por el trajinar de la madre senil, no podía ser escuchado (tan suave, tan idílico, tan parisino, tan neoyorkino) sin la presencia de marihuana en su macetero, un lápiz para el poema, un cafecito y cinco dedos metidos en la línea blanca de un piano olvidado.
-Ahora lo recuerdo - dijo Carlos, entre los brazos de su madre.
-¿Ahora qué? – pregunta el otro. Sale del baño.
-Estas equivocado. De ahora no hay nada. Quiero decirte que ahora recuerdo, recuerdo ah!, que muchas veces escuché ese saxo alto…
-Era un negro maricón. Yo no entiendo a aquellos que dicen no encontrar eso que buscan en su arte – interrumpe Pedro.
-Sí, creo que así es. Yo no puedo considerarme un artista aún. Sé que Charlie sufrió; no he leído su biografía ni me gusta tanto ese jazz del que tanto hablas. Sólo te digo que ya lo he escuchado: no sé si de mi abuelo o de mi abuela.
- Ahorita escuchamos a Charlie Parker, estamos escuchandolo ahora. Este tema es Lover man y me gusta como mierda. Alguna vez leí El perseguidor, de Cortazar...– le muestra su libro a Carlos y hace un gesto de satisfacción. Mete su mano derecha en el bolsillo. Saca un cigarrillo y lo juega en sus dedos; lo pone entre sus labios…- esa canción en el relato este se llama Amorous, y creo que hace referencia a un verso de Thomas Dylan. Luego estuvo en un sanatorio para locos…
- Sí. Mi profesor dijo alguna vez que Thomas Dylan era el poeta preferido de ese tal Charlie. Hazme recordar que debo comprar una antología de Dylan.
-Bueno.
-Y no te olvides que mi madre debe recibir mis visitas dos veces a la semana.
-Está bien. Pero que no se te olvide que debes escuchar toda esta colección de jazz de Charlie Parker que te he puesto. Si no la escuchas te aseguro que nunca serás un buen guitarrista.
-¿Tú crees?
-Absolutamente.
-Me conformo con escuchar Revolution 9 de The Beatles. Nember nain, nember nain, nember nain…
-Ya cállate. Ese tema no es más que un collage patético- hace una pausa leve, sonríe (se acuerda de aquella chica con la que hiso el amor en el sofá: mediodía, perfume de magnolia, Bennedetti, Charlie Parker)- por la pútamadre- enciende su cigarrillo y queda mirando la colilla mojada por la saliva. Observa a Carlos, que se despide de su madre con un beso en la frente- bueno…-expela una bocanada- creo que debería irme de una vez.
-¿Y yo qué?
-Quédate escuchando todo ese disco. Anda, siéntate al lado de tu madre y escúchalo con ella. Conversa con ella y dile sí, mamita, te quiero mucho hasta el cielo- otra bocanada; escupe; medio cigarro en sus labios, otra bocanada- pero escúchalo de verdad. No quisiera enterarme luego que cambiaste esta belleza por un disco de Bob Marley o ponerte a cantar como huevón Live forever.
- Ya ándate- se dirige otra vez a su madre.
-Lo que pasa es que quiero que te metas otras vainas a la cabeza. No puedes seguir con lo mismo- otra bocanada; lanza la colilla a los pies de Carlos- métetela por el culo si es que no puedes apreciar esto. Recuerda, como tú dices, que me costó mucho conseguir algo como esto…
-Yo no quisiera que te sigas metiendo marihuana- sonríe, sarcástico; le hace un gesto aprobatorio al otro, que sigue parado, mirándolos.
-No te preocupes que yo haré que escuche a Charlie Parker. Este muchacho no tiene otra cosa que hacer- dice la madre. Acaricia la cabeza a Carlos, que sigue mirando cómo está parado el otro, en la puerta de la habitación. El otro saca otro cigarrillo y lo enciende.
-Yo sabía que a la doña le gustaría, ya sabes…
-No me gusta para nada eso, hijito. Pero no ignoro el jazz. Mi padre era un coleccionista de jazz- Carlos la mira con alegría y le pide el cigarro al otro- lamentablemente perdió los cinco dedos de la mano derecha cuando se fue a la guerra. Su vida cambió desde ese momento: compraba discos de jazz, poesía española, películas de guerra, y luego trajo ese disco de Gardel- Carlos observa las facciones del otro: resignado, cachetón- y no sé qué cosa le vio a ese argentino.
-En realidad es un buen cantor…- una bocanada, el libro de Cortázar, su saxo mental, su chica en el sofá- y yo tengo que irme de una vez; he dejado un cuento inconcluso y quiero terminarlo.
-Anda, procuraré escuchar este jazz- Carlos abraza al otro. El otro le da un beso en la frente a la madre. La madre, vieja y chocha, va hacia la cama.
II
Rubén, intelectualoide (casi parisino), sale de la casa de Carlos con el cigarrillo entre sus dedos pensando en el sexo de su novia en el sofá. Luego piensa en el saxo. Luego en el sexo y más tarde en el sofá y otra vez en el saxo y luego en la Maga. “Oliveira se parece a mí”, dice, mientras observa dos palomas cenizas planeando sobre él, casi tan cerca, “tan volátiles”. Las palomas se pierden entre el follaje rociado por la madrugada; Rubén, atolondrado, hambriento, se sienta en una banca de la plaza: húmeda, piurana y abrileña. “Yo me parezco a Charlie Parker, pero no soy negro ni sé tocar el saxo”. Enciende un cigarrillo y piensa en una posible continuación.