Había
una vez un hombre grande y fuerte que vivía desde hacía muchos años en la
montaña de Marmas, en Montero, un pueblito legendario que nadie conoce.
Años
atrás, cuando acompañaba a mi padre en sus viajes por la sierra, llevaba conmigo
una vieja cámara digital. Las fotos que tomaba no eran bonitas. Fotografiaba lo
que me parecía curioso: un letrero despintado, un perro muerto, los desagües
colapsados, una mariposa, dos niños vendiendo pan.
Una
mañana en que llegamos a Ayabaca para presenciar una de las peregrinaciones más
grandes de nuestro país, no me sentí digno para fotografíar a gente debilísima y
desarrapada que había caminado tanto y con tanta fe. Sentí pena y resignación
porque el mundo de mis diez años se caía a pedazos en imágenes de rostros enfermizos,
en desperdicios por todos lados, en mi padre insatisfecho por sus negocios, en mi
madre lejos y en una lejana chica linda de mi escuela, cuyos padres me atendían
como hijo en su casa a la hora de la cena y me dejaban conversar con ella hasta
morirme de amor.
En
esa época (yo con mis doce años y mi chica linda con quince) había decidido
acompañar a mi padre al sitio que fuera para poder desenamorarme, conocer el
mundo perdido que mi abuela relataba, reconocer los lugares que mi abuelo
visitó y tratar de plasmar alguna fotografía que llame la atención de mis
amigos. Pero cuando vi esas caras raras, todo se vino abajo, no porque nunca
las había visto, sino porque todas eran iguales: quemadas por el sol, con
ojeras pronunciadas, con los labios partidos por el polvo y el frío, con los
cabellos grasos y alborotados. Estuve tan mal, que por la noche, mientras
tomábamos el café con sandwich de lechón en el cafetín Flor de Milán, sentí terror al ver demasiado peregrino durmiendo en
la plaza de armas y en casi todas las veredas; en el parquecito de entrada de
la catedral, alrededor de una pileta sin agua, y en algunas casas con salones
grandes para acogerlos y venderles caldo de gallina, estofado de res y tasas de
manzanilla o té.
Cuando
salimos del cafétín, a las once de la noche, solamente se oían ronquidos
lejanos, vagos ladridos, palabras de buenas noches, el llanto de algún bebé y
el monótono sonido de un silencio violentado por el respiro de cientos de
personas acurrucadas entre sí, como pollitos de pocos días. Mi padre, que
acababa de darme una larga explicación sobre sus negocios frustrados, notó mi
impaciencia y me preguntó qué ocurría. Le iba a contar mi desgracia, pero me
interrumpió una risa socarrona y tajante que liquidó con su vibración voráz
toda la tranquilidad de los peregrinos adormilados. Conocía esa voz ronca, de
gran fumador. Oscilaba en alguna parte de mi infancia, entre las visitas de
gente importante en el despacho de papá o entre las reuniones familiares que
organizaba mi madre. Al acercarnos noté que no estaba solo, sino acompañado de
dos más, con sendos cigarrillos en la boca y una botella de cañazo en el suelo.
Por lo demás, no tomé importancia a la conversación.
Sin
embargo, casi al despedirse, este hombre con su vozarrón de toro viejo le contó
rápidamente a mi padre la triste historia de un eremita grande y fuerte que
vivía más de veinte años en un bosque perdido y bello, en Montero, y que según
fuentes confidenciales aún vive allí en su casucha de guayaquil y quincha y en
grata comunión con los venados de ficción, los zorros pelados, las víboras de
veneno mortal, la cucarachas gigantes, las palomas negras y las luciérnagas de
luz azul. En un primer momento no quise creer, pues no aprecié nada triste al
cuento, ni las palabras del roncudo destilaban pena, y me parecía absurdo que
un hombre viva de esa manera. Mi padre, crédulo de leyendas sin nombre, me
calmó los ánimos de la manera más original que pudo: sacó un cigarrillo y lo
apretó en la comisura de mis labios resecos...
-Tranquilo,
se llama Lucas… –prendió fuego al cigarrillo y me dio una palmada en el
cachete- yo lo conocí.