I
Han pasado muchos años para que don Apolinario sea testigo de la infidelidad de su esposa. Yo no tengo el derecho ni la osadía de relatar la tragedia de este hombre porque no soy del lugar ni he conocido a la familia del drama. Sólo he tenido la suerte de escuchar la historia -en distintas versiones que no necesitan saber los lectores de quién y en qué situación fueron referidas- para que en esta condición de periodista incipiente me pierda en los tristes vericuetos de mi escritura.
Conviene decir que tengo la apariencia de loco y poco remunerado escritor de tristes crónicas. A pesar de esto estoy tranquilo: conozco muchos sitios exóticos y me alimento con lo que escribo para los diarios donde me alojo. Ayabaca, por ejemplo, donde los olleros me despertaban a las cinco de la mañana; Ica, donde conocí mujeres empapadas de carapulcra y pisco; o por acá, en este pueblo tan recóndito y legendario.
Mis crónicas actuales son producto de mi estadía en este pueblo, recóndito porque para llegar a él se necesita de la paciencia para cinco días a mula, y legendario porque su historia se engalana con pugilatos memorables, nacimientos de grandes nombres y maravilla por las hembras más bonitas. Se puede decir, entonces, que mis crónicas son tristes por ser relatadas con un romanticismo pobre (siempre veo el lado nostálgico de mi vida al hacer referencia en cada texto el sitio de mi nacimiento y a mis primeros amigos), y una fría objetividad que frisa lo cursi, pero que no llega a lo tedioso.
Mis crónicas han sido publicadas en boletines sin resonancia y en revistas esporádicas, pero uno solo de mis textos (“el sublime” en palabras de mis críticos) en un reconocido periódico de la capital. En ese monstruoso edificio de veinte pisos, de paredes rojas y ventanas polarizadas, hay más de quinientas oficinas donde sólo se oye el tecleo de periodistas apurados, los pasos de coloridos hombrecitos con fotografías de colores, algunos sorbiendo un café, un té, y otros, jóvenes y viejos, con libros abiertos descifrando tétricas lecturas sobre el arte de la prensa y sobre la evolución de la publicidad en los últimos veinte años. Tuve miedo al llegar allí, no porque todos me miraban con frialdad y patetismo, sino porque sentí la sensación de ser así dentro de poco.
Dos días me quedé en la capital. De alguna manera lo más curioso fue la noticia de la boda de don Apolinario con una de las damas más distinguidas de su pueblo natal. No sé cómo pudo llegar esa noticia, ni quién la escribió. La celebración fue de portada porque suponía la unión del poder y el dinero en un pueblito recóndito y legendario: Apolinario era celebrado hombre de negocios de plátano, caña y café, que se alargaban hasta los territorios cocaleros de la frontera con Ecuador, y su bella esposa era la hija del alcalde, cuya línea genealógica se perdía por los resquicios de una remota aristocracia colonial.
II
Conocí a don Apolinario una de esas tardes en que recorría los caseríos del pueblito legendario y recóndito en busca de alguna historia que me sirva como crónica publicable. Él se encontraba ensillando una mula alta y frondosa, bajo la sombra de un mango de tronco viejo, entre el correr tranquilo de un arroyo que nacía de los páramos del pueblo. La mula, azorada y ensillada, recibió el peso gordo de don Apolinario y ya desde arriba, con las manos sujetas al freno y puestos los pies en los estribos, me saludó con una inclinación de cabeza. Su sombrero de paja ladeó y dejó a la vista sus ojos risueños y su barba de ranchero enamorado.
En el momento de nuestro primer encuentro, creo ahora que don Apolinario se sorprendió por mi inseguridad. Él era gordo y grande, ya lo he dicho, y montado sobre aquella mula fina se elevaba dominante y dueño de todo. Yo me sentía inseguro porque ni llevaba diez días en ese pueblo y ni había entablado amistades que me proporcionaran algún dato específico. Yo tenía veintitrés años, muchos libros en la mesa, tazas de café por las noches y montones de hojas donde iniciaba cuentos y finalizaba novelas que, durante las madrugadas y los ratos libres de mi sano oficio, escribataba con ahínco. Mi sano oficio se elaboraba en una pequeña habitación, cuyo piso de pino y ventana de madera humedecía eventualmente con petróleo para que no se apolillen ni aparezca moho; una puerta negra de fierro, cuyas vidrios estaban pegados con silicona; paredes de adobones embadurnadas con yeso y pintura celeste, y techo de calamina, en el cual todos los días al atardecer posaban gallos y gallinas para cacarear y deambular en anunciación de la noche con su tacatán de patas y picos.
A ese pueblo llegué incitado – y excitado también- por la noticia que leí en la capital. En efecto, junté mis ahorros monetarios de tres años de labor periodística compungida, presté dinero a mis padres y amigos, vendí libros innecesarios y cositas fútiles, de manera que en menos de una semana ya estaba en mi destino, después de treinta y siete horas de viaje a escala de tres buses (tan incómodos como sucios y atestados de gente casi mortificada con mi presencia) y cinco días a lomo de mula.
Llegué al pueblo un día domingo a las nueve de la mañana, hora en que repicaban las campanas de la iglesia para dar comienzo a la ceremonia del izamiento del pabellón nacional, entre la bullaranga de la gentecita del campo y la gentecita del pueblo, entre sanjuanitos y cumbia y niños que andaban por ahí, entre los burros, jugando al trompo y a las bolinchas.
Del pueblo no recuerdo su nombre.
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