La ciudad era pequeña, según mi recuerdo. Encontrábame caminando tan resignado en mi condición de cachaco, en mi envoltura de hombre pobre y en mi tan intrincada manía de recorrer las calles de Piura sólo para convencerme de su hediondo vapor de alcantarillas mal compuestas. Comprendía el deterioro de su calles, la dejadez de dos de la tarde y la bulla de las avenidas tradicionales embutidas con motos y taxis destartalados. A sabiendas de cualquier conjetura que se harán sobre mi origen, no tengo palabras para explicarlo.
Mi madre murió hace tres semanas y casi nadie acudió al entierro porque la consideraban bruja. De mi padre ni qué decir: solamente lo vi una vez cuando me bautizaron en la iglesia de Montero, un pueblito lejano que nadie conoce; y fue ahí cuando me abrazó dos veces: una cuando me conoció y la otra cuando terminó la ceremonia. Se marchó rápido: montó en un caballo de pelambre gris, prendió un cigarrillo, miró a mi madre y le tiró billetes al suelo. Ella lloró tanto esa noche que grabé para siempre su sollozo y sus gritos desesperados, hasta aquella vez en que, según mi recuerdo, la ciudad era pequeña. Por eso decidí caminar muy sigiloso, atento y curioso a cualquier suceso que sea trascendental, no para mí, sino para la mayoría.
Al comienzo (cuando salí de mi cuarto) planteaba hipótesis de lo que ocurría dentro de las casas que observaba. Algunas me gustaban por el decoro de sus jardines y por la placidez que se podía percibir desde afuera: olores a mandarina, a cera perfumada, a guisos de lomo saltado o puré para los bebes. Otras, en cambio, me parecían lúgubres e insanas, no tanto por la bularanga que de ellas oía, sino porque no había estética en los colores de sus paredes, ni en sus jardines, ni siquiera música en sus habitaciones. Y así seguí intentando dar valoraciones a cualquier objeto: analizaba su forma, suponía su historia, admiraba su estética. Por ejemplo un zapato viejo o una bolsa de galleta. En simple circunstancias parecía patético, pero al realizar abstracciones verosímiles llegaba a la conclusión de que en un mínimo de posibilidades podía ser mi zapato o ser la bolsa de galleta que algún día compré.
En las calles de la ciudad se cruzaban perros con zarna, gatas en celo y silenciosos mendigos apurados por el hambre. En mis primeras impresiones me consideré parte de esa calaña, pero en el fondo sabía que era exagerado, pues también caminaba gente normal con camisa a cuadros, pantolenes de algodón, zapatos de cuero y relojes finísimos. Veía autos amarillos, motos cromáticas y baldosas cuarteadas: caían escupitajos, se contoneaban bolsitas de colores, deliraban plantitas espontáneas que nacían entre las rajaduras, y volantes que publicitaban colisiones políticas y negocios que iban y llegaban desde los mercadillos, pasaban por las calles solitarias y sucumbían en las grandes tiendas. Había mucho para ver y demasiadas escenas que hoy, en este refugio, no puedo describir. No es que no sea capaz, sino que tengo miedo.
15 de agosto del 2011
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