El nacimiento de Lucas fue bíblico. Cuenta su madre, Clorinda, que mientras leía la Biblia estaba segura de que algún día de su vejez tendría un hijo como lo tuvo Sara, la mujer de Abraham. El niño no sería ni feo ni bello, ni siquiera se apreciaría en su cuerpo el candor femenino o masculino.
Cuando lo conocí (sentado en la banca de un parque: frescura de lluvia, bosquejo de palomas y pájaros ignotos, humo de chimeneas, letras de Chabuca Granda y canciones de Bob Dylan…) pude darme cuenta de la fastuosidad divina que marcaba sus facciones. Lucas no era sujeto de análisis, no se advertía en él el prodigio de una mujer o el simplismo de un varón. Yo sólo quise, en ese momento (lunes por la tarde; julio y jaquecas de invierno), disfrutar una de sus palabras, gozar el metafísico rubor de su aliento, enamorarme perdidamente de su mirada, querer para siempre la melodía de su voz, interpretar el delirio de su filosofía, dibujar su sombra junto con la mía, en fin, tratar de cogerle la mano por que había leído en el periódico que Lucas era Dios.
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