sábado, 4 de abril de 2009

LA MENTIRA

Aprendí a mentir cuando tenía cinco años, o quizá menos. Mi madre tuvo (y lo tiene) un látigo de cuero de cola de toro. Mi castigo consistía en desnudarme y flagelarme hasta que yo dijera porqué he mentido. El abuelo que tuve observaba la situación y mis hermanos reían. Yo sabía que un daño como ese a mi cuerpo adolescente era un motivo sublime para huir de la casa. Las infinitas veces que mi piel desierta lloraba por el dolor de un golpe, yo quería decir porqué mentí, pero no tenía el ánimo suficiente ni la gallardía de traicionar a Dios. Como se puede decir a menudo: estaba entre el látigo y Dios.

Aprendí a mentir cuando una tarde de mayo vi en una pared una mano inmensa. Simplemente llegué a la casa y le dije a mi madre que la iglesia era linda y que se apreciaba de modo notable la unión de la Fe y la Creación. Nadie lo creyó. Nadie tenía que creerme, porque había mentido. Ese día soñé.

Aprendí a mentir cuando Dios me dijo en el templo del sueño que siempre diga mentiras, yo no sé porqué. Raramente el rostro de mi abuelo reflejaba las mismas facciones del semblante de Dios, o Dios las de mi abuelo. En esa visión mi madre me amenazaba con una escoba, y sabía que mis hermanos estarían llorando en alguna parte de la quimera.

Me resigné a decir que aprendí a mentir porque no sabía exactamente si me encontraba entre el látigo y Dios o entre mi abuelo y la escoba.

Y jamás supe si el látigo era Dios o Dios mi abuelo o mi abuelo la escoba.

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