sábado, 22 de octubre de 2011

XXI

En los días en que no estaba enamorado, el pobre poeta viajaba buscando la comprensión femenina entre los algarrobos de Piura y bajo la sombra de aquellos faiques en la sierra de Ayabaca. Era mi amigo. Cuando murió, no sé porqué pero algún motivo recóndito motivó en mí la búsqueda de una carta que siempre mencionaba, y de la cual sentía nostalgia por el candor de su tristeza y por la pasión de su pluma. La hallé. En ella aprecié la sequedad de lágrimas remotas impregnadas en el papel, y sentí por primera vez una profunda pena. En ella reconocí la mansedumbre y la barbarie de un hombre apasionado, y por segunda vez vi la resignación de trazos ebrios. Nunca podré responder a sus musas la causa primaria de su muerte. No es por incomprensión. Ni tampoco por aburrimiento de la vida, sin embargo puedo conjeturar que en la sima de su pensamiento quería conocer a Dios.

Dos días antes del velorio, la señora Córdova tuvo el presentimiento inequívoco de madre impaciente. Pude notar a simple vista el desdén de su padre, que también pretendió en su juventud exaltar con poemas la creación divina. Fue el velatorio más insípido de los muchos que asistí, pero nunca olvidaré que el reloj marcaba las diez con veinte minutos, que las mujeres bellas caían sin aliento en el desahogo de su llanto dolorido, que muchos pájaros se quedaron pasmados y estáticos en el aire por la bulla de los cielos, cuando mi amigo el poeta se levantó del ataúd, y comenzó a dar pasos lentos con la funebritud del formol, y rezó, y reía, y cantaba con la elegancia de su mortaja bajo la orquesta de los ángeles atolondrados.

Aquella tarde celestial salimos a caminar. Le pregunté qué es lo que realmente ocurrió, y dijo las mismas palabras que hoy cuelgan en el epitafio de su tumba:

- El Paraíso estaba muy aburrido.

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