Ya han pasado tres meses desde que la vi por última vez: estaba sentada en una banca de la universidad, bajo la sombra de los algarrobos, distraída de todos los que pasaban por su lado; y a la una de la tarde y sola. Vestía sandalias de gitana, un jean azul rajado a la altura de las rodillas, una blusa rosada con figuritas de colores en el pecho, un collet rojo, un par de aretes de estilo incaico y sus eternos y grandes audífonos negros susurrando la misma música que hacía dos años le había recomendado, cuando la conocí.
A esa hora la llamé para invitarle un café en cualquier cafetín, o una pizza en cualquier pizzería, o una hamburguesa que cualquier gordo feo y grasoso venda en cualquier lugar. La cosa era caminar y conversar, pero no aceptó. Casi siempre teníamos buenas charlas: lo último de la música occidental, la muerte de Gadafi, las novedades literarias o la formación de nuestra única, utópica, famosa y espectacular banda de rock. Ella tocaría la batería, un par de amigos las guitarras, su papá el bajo y yo sería el vocalista y compositor. A pesar de que nunca se concretaba nuestra idea de la banda, siempre le hacía oír canciones, álbumes y discografías enteras para que las disfrute un fin de semana, y ella me respondía que algún día, algún día, y claro, yo asentía, mientras leía un libro de Gay Talese, aquel célebre periodista norteamericano que escribió un buen reportaje sobre Sinatra y otros hombrecitos de su época.
Ella leyó el título del libro y comentó que sería famosa, como uno de ellos, así de grandes, no sólo por su música, sino también por los relatos que escribiría, y que sus libros se venderían por todo el mundo. La miraba contento, con afán de seguirle la corriente, pues sabía que no era cierto; quizá terminaría viviendo con un gringo o un francés en alguna ciudad playera, como Máncora, y que tendría un negocio rentable, tal vez una heladería o un restorán. Pero esta suposición no va al caso.
Yo seguí con la universidad, alegre y enamoradizo. Con mis demás amigos íbamos a comer ceviche, a jugar fulbito, a tomar cerveza, y casi nadie la recordaba. No sé si aún siga bonita, de labios acaramelados y nariz pecosa; nunca utilizaba maquillaje, razón por la cual a mi me encantaba; sus ojos negrísimos me sacudían cuando me miraba de golpe; y su pelo, su pelo fenomenal no necesitaba baño ni peinado, siempre perfumado y sueltísimo. Sin embargo, desapareció un martes caluroso a la una de tarde, yo qué sé.
Decía llamarse Angélica.
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